Soy madre de dos hijos y cabeza de hogar. Vivo en una ranchería en la Alta Guajira, donde no tenemos agua, ni luz, ni centros de salud cerca.
Tejo mochilas desde niña, y aunque cada una me toma una semana, por mucho me pagaban $10.000. Con eso no alcanzaba ni para una libra de arroz y un litro de agua.
Además, nunca he salido de mi territorio, porque no hablo español, solo Wuayunaiki. Ir a una gran ciudad sería como caminar en la oscuridad: no entender, no saber a dónde ir, no poder defenderme. Esa barrera me ha encerrado aún más en la pobreza.
Pero todo cambió gracias al programa Banco de Hilos del Banco de Alimentos de La Guajira y ABACO.
Ahora, mis mochilas llegan a manos de grandes benefactores que apoyan el progreso de mi familia y de toda mi comunidad. Recibo un pago justo por ellas y, lo más importante, mis hijos ahora tienen un plato de comida asegurado todos los días en los comedores comunitarios.
Por eso, desde mi corazón, le pido a quienes puedan: hagan una donación. Porque ayudar a una madre como yo, es darle esperanza a toda una familia.