Ni parece chiste, ni es anécdota. Anualmente se desperdician en Colombia 9,7 millones de toneladas de comida, suficiente para alimentar a Panamá, Uruguay y Luxemburgo o a 8 millones de colombianos durante ese mismo periodo.
La comida –como el agua- es el sustento de la vida humana. “No bote comida que es pecado”, solían decir las abuelas para exacerbar la gravedad de la falta. Pero la amenaza del infierno está lejos de la realidad que viven millones de personas en el mundo y por supuesto, Colombia.
Escribo esto después de almuerzo y siento náuseas. Quizá usted lo lea con un bocadillo en la mano, o minutos antes de tomar su refrigerio. Tal vez abra su nevera y pueda darse el lujo de despreciar las frutas o verduras que no le apetecen y que, de terminar en la basura, entrarían a engrosar la lista de las pérdidas y desperdicios de este grupo de alimentos: como si se botaran a la caneca 111 millones de manzanas cada día en Colombia.
Pienso en las veces que desobedecí el mandato divino de la abuela, al desechar los oleaginosos y legumbres que no eran de mi gusto, y que entraron a hacer también parte de las pérdidas y desperdicios de este tipo de productos: como si se botaran 13 millones de porciones de frijoles todos los días a la basura en Colombia.
No es tan grave, pensamos. Y planeamos nuestra siguiente comida despreciando el pez y los cárnicos, o los cereales que ya no queremos, o la leche que se venció. Todo tan reemplazable. Mientras tanto, la cantidad de pescado que se desperdicia al día en el país, es equivalente a desechar 805 mil latas de atún. En el caso de la carne, el desperdicio diario equivale a botar a la basura 2.340 vacas; el de los cereales es como tirar 42 millones de pociones de arroz todos los días, o 77 mil litros de leche, en el caso de los lácteos.
Todas estas cifras nos ponen frente a un panorama contradictorio: el 54% de los colombianos viven en inseguridad alimentaria, y 560 mil niños y niñas menores de 5 años sufren de desnutrición crónica.
El hambre es quizá lo más natural en los seres humanos. Por otro lado, la triste ironía nos revela que pocas cosas existen tan mortíferas, y al mismo tiempo eludibles, como el hambre. Algunos lo han denominado como “El fracaso de la civilización”. Mientras tanto, seguimos tirando a la basura casi diez millones de toneladas de soluciones para resolver ese fracaso.
Todas las cifras son alarmantes. Pero no dejan de ser números. Cada uno de esos números tiene un rostro, siente miedo, frío, temor y angustia, casi todo por una única causa: el hambre. Cuando estemos frente a una porción de comida que no vamos a consumir, pensemos cuántas personas podría beneficiarse si estos alimentos fueran donados; son más de 8 millones de personas los que podrían comer en Colombia con el desperdicio que generamos.
Recordemos la pregunta recurrente del argentino Martín Caparrós en su libro “El hambre”: “¿Cómo carajo conseguimos vivir sabiendo que pasan estas cosas?”. Actuemos, bajemos la bandera del hambre con acciones cotidianas. Los Bancos de Alimentos del País nos encargamos de redistribuir esta comida entre la publicación más vulnerable.